miércoles, 31 de octubre de 2012

QUERIDO DIOS...


Querido Dios:

Sentí el palpitar de tu corazón latiendo por mí. Cada latido tuyo gritaba mi nombre. Y yo al escucharlo resucitaba. Revivía como flor marchita cuando le rocían agua. Cada gota que sentía caer sobre mi vida me decía “te amo”, “eres muy preciada para mí” y mis pétalos volvían a lucir hermosos. Lloraba de emoción y mientras mis lágrimas corrían, tú no permitías que cayeran al suel
o. Las ubicabas en un frasco especial que decía: “esas lágrimas serán recompensadas”.

Aunque no te veía, pude percibir y sentir tu sonrisa. Con ella me inyectabas vida y soplabas nuevos alientos. “Sanidad para el alma”, fueron las palabras que escuché antes de quedarme dormida. Y cuando desperté, cuando mis ojos pude abrir, sentí nuevos bríos. Todo a mí alrededor era igual y a la vez diferente. Podía nuevamente encarar al mundo a pesar de las dificultades, porque tenía la certeza de que no caminaba sola, tú ibas junto a mí. Podía sonreír a pesar de los problemas porque tu gozo me fortalecía.

Poco a poco fuiste matizando mi vida, inundando el alma con los frutos de tu presencia en mí. Y al mirarme, otros podían ver tus detalles y oler tu fragancia que daba el toque especial a mi existencia.
Tú obra en mí es impresionante y nunca termina. Cada día haces cosas nuevas. Pequeños cambios, grandes reconstrucciones, remueves piedras y quitas lo que estorba.

Y aunque el tiempo ha pasado siento cada día el palpitar de tu corazón en mí. Lates fuerte en mi interior, mi alma exhala una adoración a ti. Han sido grandes tus bondades y tú fidelidad perpetua.

¡Dios te amo! Nunca quiero apartarme de ti. Permite que mi vida sea un incienso y que mi corazón sea para siempre la habitación en donde quieras permanecer eternamente.
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